Carnaval


El siempre odioso carnaval de Boedo me obligó a caminar calles que casi había olvidado. Algunos negocios de la infancia ya no estaban, como el kiosko donde me compraban las Manon sobre Carlos Calvo, o la librería polirrubro salvadora de último momento, con stock permanente de témperas, hojas canson y mapas físico-político. De lo que queda en pie, algunos escalones de negocios o casas donde trascurrieron las primeras historias de amor. Las calles caminadas por 14 años al mismo colegio. Los abrazos fundidos sobre autos en las zonas más oscuras, que por suerte no tenían alarmas. Recordé las frías mañanas yendo al colegio, buscando las marcas dejadas la noche anterior. Siguen en pie las casas de mis amigas, pero vacías.

No está mal de vez en cuando volver y recorrer en silencio los espacios de mi obra de teatro, aunque parte de la utilería y puesta en escena haya cambiado.
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