Mi lugar en el mundo


Cada tanto vuelvo y siempre con el temor de no encontrarla como yo la recuerdo. Pero a cada paso se me inunda la memoria de recuerdos. Y eso es lo que más amo de ella, más allá de su belleza, innegable. Me gusta poder reconocer el escenario año tras año, aunque los personajes ya no sean los mismos. Perduran las veredas, los árboles, las entradas de las casas y los nombres tallados en las piedras. Y es inevitable que a cada paso aparezca mi viejo, que lo extraño tanto. En cada pescador de escollera, en cada señor que arrastra sombrilla, bolsos y heladerita por la arena hasta encontrar el mejor lugar, en cada padre de familia que paga la cuenta del restaurant haciendo malabares todo el año para pagar la tarjeta, en cada par de ojos celestes chiquitos resaltando por el contraste del
bronceado.

También me parece ver a mis sobrinos chiquitos pescando nubes con una bolsita de plástico desde el balcón del piso 32 cada vez que siento la bruma con olor a puerto. Cuando no me veían, yo les ponía polvo en las bolsitas para que pensaran que tenían un pedacito de cielo.

Ella no cambió, cambiamos nosotros, crecimos, algunos ya no están. Ella sigue igual que siempre, pero renovando los personajes, aunque las historias son las mismas. Los amores de verano, las caminatas de Playa Grande a Punta Iglesia, la belleza del paisaje nocturno con las luces redondas encendidas y la luna sobre el mar, los alfajores Havanna en la puerta del edificio Havanna, las colas en Montecatini y  Raviolandia, los helados en Augvstus, los canjes de revistas viejas y las 3 Patoruzú por 10 pesos, las pulseras de nácar y los colgantes de coral en la recova, los juegos Plaza, las rosquitas valencianas, el trencito de la alegría, la avenida Colón y la caída hacia al mar, los hoteles medio pelo con ascensor alfombrado en las paredes, los viejos dorados de tanto sol jugando a las cartas en las carpas, el cornalito frito, las medialunas de la Boston, los eucaliptus del bosque y los sacramentos de jamón y queso bajo el faro. Se me infla el corazón cada vez que la veo, y no dejo de llorar cada vez que me alejo y la veo por el espejo retrovisor del auto, prometiéndome volver, como cuando tenía 12 años. Todo y nada cambió.

Mientras, escucho Indian Summer, como en el ’91

http://www.goear.com/files/external.swf?file=7fdcd96

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