Diciembre


Amo diciembre, desde siempre. Primero fue por el fin de las clases, el inicio de la temporada de pileta, los helados de La Vascongada en la puerta del colegio durante los actos de fin de año, el armado del arbolito, el anteojito de 18 kilates, la Navidad en la casa de la gorda Carmen, las estrellitas y el chasquibum, mi cumpleaños, el estreno de Los Cazafantasmas en el cine Cuyo de Boedo, las noches en el patio y el ventilador, el trineo (o mejor dicho carroza) de Papá Noel en Domselaar, el canto de los grillos, las luciérnagas  y los odiosos cascarudos en el pasillo.

Después fue por no llevarme nunca materias, salvo gimnasia y actividades prácticas por vaga, los sábados a pleno rayo del sol haciendo cola en la matiné de Dimensión o Cinema, el club y los primeros acercamientos con el sexo opuesto, mi cumple de 15, mis primeras Nike y las tardes calurosas con aire acondicionado y la commodore 64 con datasette.

Más adelante fueron las navidades en la casa de una ex suegra que la amé tanto como si fuera mi segunda vieja, Alparamis, los adornitos nuevos, los sueños y las charlas hasta cualquier hora escuchando algún que otro petardo desubicado a las 4 de la mañana, los amaneceres en el taxi de vuelta a casa.

Hoy lo sigo amando aunque no tenga motivos nuevos y muchos de los personajes protagónicos o de reparto de mi vida ya no estén conmigo. Los recuerdo a todos siempre siempre siempre.

 

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