Я тебя люблю


En los 90’s, los que teníamos acceso a un precario módem y algún 0610 choreado, nos dábamos el lujo de tener amores en el exterior. Así fue que conocí a Denis, un ruso nacido en Siberia. Nos hicimos muy amigos, muy compinches. Ambos teníamos una vida real, pero por alguna razón, nos gustaba hablarnos (que otra cosa se podía hacer más que hablar, a más de 20.000 km de distancia).

Los temas de conversación eran muy variados, comidas, salidas, cosas de la facultad, música, cine. Me enseño a leer los caracteres cirílicos. Como todo lo virtual, con el tiempo decae. Pasaron los años y cada tanto nos acordábamos y hablábamos un rato, ya sin exclusividad ni fervor.

Un domingo de fines de diciembre del 2001, tocan el timbre de casa. Mi vieja dice que preguntan por mí. Miro por la tele a ver si reconozco la cara de quien pregunta por mi. Era el ruso! Yo no entendía nada y bajé. De más está decir que era la primera vez que lo veía en persona.

MIentras voy bajando los escalones de la entrada del edificio, lo veo ahi, parado y detrás de el una mochila gigante. Era altísimo y flaco. Nos saludamos con alegría, yo sin entender demasiado y después de la efusividad le pregunté “¿que hacés acá?”. La cuestión es que estaba haciendo un viaje por sudamérica y mientras paraba en Bolivia, le robaron toda la plata y los pasajes.

Entonces, se acordó de mi, y con unos mangos que pudo juntar, se vino en micro hasta Buenos Aires para que desde acá pueda volver a Moscú. De Retiro a casa llegó caminando con su mochila a cuestas. Era pleno verano, así que el pobre pibe estaba cansado, sin comer, sin bañarse (ahorro el comentario pero es sólo cuestión de imaginarlo).

Subió a casa y mi vieja que ya lo conocía (bah, por fotos), se puso a hablar con el en inglés. Pobre, se comió dos sanwiches y una manzana mientras yo para adentro pensaba, y ahora que hago??? Yo tenía una vida acá (léase novio, que no me daba pelota igual, pero había que cuidar las apariencias), y ya habían quedado atrás los tiempos de soñar con un príncipe ruso. Empezamos a buscar hostels baratos porque en mi casa no había lugar para hospedarlo. Vuelvo a repetir que era diciembre de 2001, pleno kilombo en la ciudad. Yo trabajaba de pasante en un call center, así que pueden imaginarse lo que cobraba. Cobraba tan pero tan poco, que mientras a todos les bajaban el sueldo, cuando llegó mi turno no les dio la cara.

Conseguí un buen hostel por palermo, algo así como 15 pesos / 15 dólares por día, y ahi lo llevé. Lo invité a comer un par de veces. Pobre, o tenía mucha hambre o así serían sus costumbres, no sólo se comió el perejil de adorno que ponen al lado de la milanesa (en este caso era mi milanesa), sino que se metió los panes y cualquier cosa que sobraba en el bolso.

A los 5 o 6 días, llegó el depósito que le hicieron los viejos y fuimos a Asatej a comprar los pasajes por Aeroflot (ya no existe más creo).

El día de mi cumpleaños (30 de diciembre) fue la última vez que lo ví. Estaba super agradecido de la ayuda que recibió y se iba contento de haber conocido Argentina. Yo no veía la hora que se suba al colectivo que lo llevara a Ezeiza. Lo único que me faltaba era que se perdiera el avión.

Para recordarlo dejo esta canción de Queen, que la escuchaba muchísimo en las épocas que chateábamos y soñabamos con el amor intercontinental.

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